viernes, 9 de mayo de 2014

DEMASIADO PRONTO PARA EL VERANO



Hace un par de días que unos tímidos rayitos de sol me despertaron antes, incluso, de la hora supuestamente prudente a la que suena el despertador. Al levantar la persiana me di cuenta de que el invierno llegaba a su fin dejando paso al verano, que por muchas virtudes que tenga cuando llega demasiado pronto no es más que un inconveniente. Puede que suene un poco raro, sobretodo viniendo de alguien que vive enamorada del verano. Y no, no voy a negar que tenga unas ganas infinitas de calor, sol, piscina, arena o playa… Pero el problema de este verano que llega demasiado temprano, a mi gusto, es que le ha comido el terreno a la primavera, esa que nos hace empezar a palpar, oler y ansiar la libertad. La misma primavera que hace florecer a las plantas, la misma que tan pronto nos trae lluvia como sol, y porque no la misma que según dicen algunos nos “altera la sangre”, aunque yo creo que de esto último la pobre primavera no tiene la culpa.


Y aun se le podría añadir un inconveniente más a esto de la llegada prematura de nuestro amigo el verano, al menos en mi caso, ya que el verano no está hecho para tener ataduras, entendiéndose por ataduras una cantidad desproporcionada de apuntes acumulados a la espalda, que nos impidan recibirlo como solo él se merece.


Además de todo esto la llegada del verano supone un contraste bastante fuerte entre el exterior y el interior; porque en mi interior, al menos, se encuentra el invierno llamándome a gritos para pedirme lo imposible, que no es otra cosa que vuelva atrás en el tiempo, a esa fecha donde él y solo el tenia poder sobre el mundo, para que remiende todos y cada uno de los rotos de mi camino, podríamos llamarlos también errores pero me gustan demasiado las metáforas.









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