Hace
un par de días que unos tímidos rayitos de sol me despertaron antes, incluso,
de la hora supuestamente prudente a la que suena el despertador. Al levantar la
persiana me di cuenta de que el invierno llegaba a su fin dejando paso al verano,
que por muchas virtudes que tenga cuando llega demasiado pronto no es más que
un inconveniente. Puede que suene un poco raro, sobretodo viniendo de alguien
que vive enamorada del verano. Y no, no voy a negar que tenga unas ganas
infinitas de calor, sol, piscina, arena o playa… Pero el problema de este
verano que llega demasiado temprano, a mi gusto, es que le ha comido el terreno
a la primavera, esa que nos hace empezar a palpar, oler y ansiar la libertad.
La misma primavera que hace florecer a las plantas, la misma que tan pronto nos
trae lluvia como sol, y porque no la misma que según dicen algunos nos “altera
la sangre”, aunque yo creo que de esto último la pobre primavera no tiene la
culpa.
Y
aun se le podría añadir un inconveniente más a esto de la llegada prematura de
nuestro amigo el verano, al menos en mi caso, ya que el verano no está hecho
para tener ataduras, entendiéndose por ataduras una cantidad desproporcionada
de apuntes acumulados a la espalda, que nos impidan recibirlo como solo él se
merece.
Además
de todo esto la llegada del verano supone un contraste bastante fuerte entre el
exterior y el interior; porque en mi interior, al menos, se encuentra el
invierno llamándome a gritos para pedirme lo imposible, que no es otra cosa que
vuelva atrás en el tiempo, a esa fecha donde él y solo el tenia poder sobre el
mundo, para que remiende todos y cada uno de los rotos de mi camino, podríamos
llamarlos también errores pero me gustan demasiado las metáforas.